04 junio, 2010

Homer y yo

“Así son las cosas Fred”. Eso fue lo que dijo  mientras hacía sus sólidos aros de humo con la boca y tiraba la ceniza con indiferencia y gracia. Sus piernas enfundadas en sus vaqueros con el zapato apoyado en la pared, sostenían una sonrisa desafiante. Así fumaba Paul Lestrade en su última película. Cuando miré a Homer supe en qué estaban pensando sus grandes ojos castaños y sus trece años. Éramos imparables y creíamos que nos comíamos el mundo. Homer me aseguró que podía conseguir los cigarrillos, yo añadí que cogería cerillas de la cocina…

Se deslizó una leve sonrisa por mis labios al contemplar cómo Homer se colocaba el cigarrillo en la boca. Me miró como lo había hecho cientos de veces aquel verano y asintió como quién disfruta de un premio tras una larga carrera. Sacó una cerilla y la encendió. Las chispas que salían del fosforo se confundían con el atardecer anaranjado que despedía el día. Homer entrecerró los ojos aspirando el humo  mientras sujetaba el cigarrillo con los dos dedos con un aire de rebeldía; apoyó la suela de la zapatilla en la pared, y soltó un ensayado “Así son las cosas Fred”. Al expulsar el humo tosió sin remedio… Reí: era igual que Lestrade.

Por un momento pensé que no podría imitarlo como Homer. Extendió la mano y me ofreció el cigarrillo retándome. Lo cogí inseguro. Homer sonrió mientras bajaba la zapatilla de la pared, esperado a que comenzara mi actuación. La verdad es que temía lo que pudiera pasar. Miré a ambos lados y me decidí a acercarme el cigarrillo a la boca… Cuando tocó mis labios me derrumbé procurando no quemarme y cerré los ojos.  Homer asustado acudió rápidamente y me cogió de los hombros  tambaleándome: me gritaba. En unos segundos la desesperación llegó a mi amigo y agudizó el tono, suplicante. Me arrepentí y abrí los ojos de repente mientras me  oía decir un alegre: “Así son las cosas Fred”. Entonces eché a correr huyendo de una venganza amistosa, que me alcanzó en el río. Jadeantes nos sentamos en la hierba que bordeaba la ribera del río, y contemplamos el ocaso.  Homer y yo éramos amigos.

Museo de Bellas Artes San Pío V

Tras los exámenes decidimos ir a una galería de arte como es el Museo San Pío V, la segunda pinacoteca mas completa del país. Ya la habíamos visitado pero siempre conviene recoger nuevas reflexiones, pues entre arte no solo se habla de pintura acrílica… A pesar del objetivo de nuestra visita, el tema principal no fue Sorolla, ni Juan de Juanes… Se habló de no saturarse y de vez en cuando quemar el tiempo y deshacer las miradas en alguna obra para bañarte en la belleza del retrato y en el pensamiento del artista. Nos desolamos  ante un “Calvario” (sin Cruz), de un desconocido: los ojos de los vivos que aparecían en él, acariciados por el dolor y las lágrimas, enrojecían sus rostros por la angustia… Al salir de la galería, los rayos de un lejano atardecer escucharon nuestra conversación. Debíamos salvar el arte, entonces fue esconder algo de aquello que habíamos presenciado, para la eternidad. A veces estos rescates de arte son despreciados por quienes son destino de su revelación: como cuando te gusta la oscuridad y la sacas a la luz, pierde su encanto igual que el silencio cuando exclamas admiración por él. A lo mejor ciertos secretos solo deben ser revelados a los admiradores que saben realmente apreciar la recomendación de un amigo, loco tras una novela, una poesía o una canción.

CV y MG contemplando y reflexionando durante su estancia en el museo.

MG escuchando a Doriana.

CV absorbido por un retrato.

MG de nuevo ante un cuadro mundialmente conocido.

Mejoraremos la calidad fotográfica, hubo un problema técnico.