Con motivo de la cazadora

Algo me succiona la energía, me he quedado sin. No me apetece otra cosa salvo llegar al tren de vuelta en un par de días y vivir frenéticamente la distancia temporal que me separa de ese momento. No es que esté pasando nada directamente dañino, es el tedio, el hastío por lo que ocurre aquí, lo ajeno de esta casa y la pretensión de que es a la que pertenezco. Hace un par de días señaló hacia una balda del armario y dijo:

—Toda esa ropa es tuya ¿qué quieres hacer con ella?

Miré detenidamente un casillero con varias camisas, un jersey y una chaqueta doblada que extraje y no reconocí.

—Esta chaqueta no es mía —contesté.

Con motivo de la cazadora nos enzarzamos en una discusión sobre la compra y pertenencia de objetos y eso es lo que pasaba realmente. Esa familia no era la mía, y si lo era, no recordaba o no quería recordar que hubiera formado parte de la misma a pesar de su insistencia. Sin embargo, mi cordura dependía de ello, no se trataba de quién tuviera razón. Algo había se había fracturado y por una de sus grietas, me había deslizado hasta ver el objeto roto desde el exterior, sin reconocerlo.

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