11 septiembre, 2022

Categoría Humana

Coge el teléfono y habla unos minutos. Cruza las piernas, se mira al espejo de la pared del otro lado de la habitación. El sol se abraza a las cortinas y un haz de luz cruza la estancia y parte la cama en dos, iluminando la esquina de una novela. Hay una maleta abierta que dice: vestidos, bañador, vacaciones. Su voz rebota en el mobiliario, mapeando el espacio. La lámpara con la tulipa apagada empieza a amarillear y una población de ácaros de lo más avanzada y solemne trabaja sin descanso en las almohadas de la habitación 308.

Cada centímetro de su epidermis ha sido revisada y nutrida con crema hidratante en una atención sensual anidada en la cara interior del albornoz. Se ve joven, llena de avellana y coco, una suave sensación de autosuficiencia y facturas pagadas. El olor de la loción corporal le lleva a la abuela Minerva. La sombra de la parra. La tonadilla del alfilador. El no te quemes. Los besos sordos.

Al otro lado del teléfono está él. Hablan de fechas. Él caza tan sutilmente como un tenedor infantil en un plato de macarrones. Ella lo nota, y en lugar de eso, preferiría hablar de macetas y suculentas, que bien podría ser "Macetas y Suculentas" una revista mensual, igual que "La Regla". El resto del hotel está repleto. Una mayoría absoluta de habitaciones tiene la televisión encendida con el canal 2, donde emiten una reposición de un documental sobre cachorros de la sabana. Los nombres de los cachorros son Koba, Sarabi y Mamadou.

—Mira no es suerte, es categoría humana —se oye decir.

En la 307 alguien grita gol. El zumbido del aire acondicionado sube una octava. Al otro lado él no dice nada. Descruza las piernas, se levanta y pasea por la habitación y cae en la cuenta de cuánto está colaborando en el cuadro biológico de la moqueta. Él vuelve a la carga diciendo cosas que ella no sabe descifrar, su descodificador sintáctico ha dejado de funcionar. Le llegan las palabras pero no tienen sentido. Una mosca cruza la habitación y se posa sobre la cubierta de la novela. Aleja el teléfono de su oreja y lo deja caer en la cama. Sujeta la novela entre las manos y simplemente, deja de escuchar.

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