01 agosto, 2022

Soy yo

Estábamos sentadas en el coche en segunda fila. Desde la parte de atrás podía ver su perfil y parte de su frente en el retrovisor. La imagen que me devolvía el espejo era la pieza de un puzzle que me ponía la piel de gallina. Yo estaba apoyada en los asientos de delante, como quien se asoma a un paisaje maravilloso. El sonido de las luces de emergencia era el metrónomo en una conversación sin ritmo pero llena de tensión. Las farolas se acababan de encender. El tráfico pasaba en tres carriles a nuestra izquierda.
—Puedo hacer que se encienda la luz de cualquier ventana de ese edificio —dije.
—¿Para qué quieres hacer eso?
—Para lo que sea, pero te digo que puedo hacerlo. Tengo los teléfonos de todos los vecinos y les puedo pedir el favor de que enciendan una luz para ganar una apuesta —dije.
—¿Quién vive en ese edificio?
Me sentía poderosa, llena de energía. Encendió la radio con toda normalidad y miró la fachada del edificio. Sonaba algo ochentero tipo eme-ochenta-radio. Puso las manos sobre el volante como le habían enseñado a hacerlo. Yo había tocado ese volante. Había puesto mis manos ahí hacía media hora. Sabía que lo hacía a propósito. Yo ponía las manos igual. Los intermitentes se encendían y se apagaban. Tamborileó los dedos en el salpicadero y fijó la vista en un punto más allá de lo que podíamos ver.
—¿No deberíamos estacionar más adelante? —dijo.
—Creo que es mejor que esperemos —dije.
Yo quería decirle que estas semanas habían sido un despertar. Que podía visualizarme con ella. Que no me conformaba verla conducir o mirarla por el retrovisor mientras comprobaba la visibilidad antes de hacer un adelantamiento en una incorporación a la autopista. Que no me importaba que fuera mayor para sacarse el permiso.
—Está tardando mucho —dijo.
—Tenía ganas de quedarme a solas contigo Virginia. No puedo aguantar más. He visto como me miras, y siento lo mismo Virginia.
Virginia me miró de reojo y luego me buscó en el retrovisor con una cara que no puedo describir.
—¿Qué estás diciendo? —dijo.
La puerta del coche se abrió.
—Perdonad chicas, creo que el hot-pot de anoche no me ha sentado demasiado bien —dijo el instructor.

 

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