14 noviembre, 2022

Lo que me gustaría leer hoy

Estás leyendo en el metro. Te has puesto la ropa limpia y llevas el pelo ligeramente húmedo. Vas a tu clase de francés. En la mochila tienes una muda de ropa, tu libreta, los auriculares y el broche de tu abuela metido por dentro. Estás cómoda con las piernas cruzadas. El libro no está en su mejor momento, pero se deja leer. Llevas varios libros así. Los cargas a todas partes, los sujetas entre tus manos, completan tu atuendo, pero no te llenan. El tren hace sus sonidos y canta las paradas. La tasa de lectores en el vagón es del siete por ciento. Sigues yendo entusiasmada a las librerías, buscas novedades, clásicos y nuevas ediciones en editoriales emergentes. Buscas lo que los libros siempre te prometieron. Te pareces a unos dedos brillantes metiéndose en una bolsa de emanems. Cuando eras pequeña, te encantaba todo lo que caía en tus manos. Ibas a tu madre y le decías ‘¡otro!’. Fue cuando leíste la catequesis cuando empezaste a mosquearte. Tu catequista, Teresa, era fresca, imperfecta y mayor, como querías ser tú. La admirabas y te hacía olvidar los disgustos con los grupos de clase. Luego fue la lectura obligatoria de la clase de literatura, ¿por qué estaba en el temario? También llegaron los periódicos, instagram, los mensajes de ese tío secsy que te decía palabras en bajito a las dos de la madrugada. No te llegaban las frases enteras. Te quedabas con ‘oye’, ‘tú’, ‘mañana’. Pero sus mensajes eran una mierda y acabó por ser un mentiroso. En realidad no vas a aprender francés. No te interesa mejorar tu pronunciación. Pero eso, aquí estás, yendo a tu clase de francés, leyendo en el metro.

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