Así sin más

Entra con la camiseta jirada y vestida sin nada más y dice:


—Perdona que no viniera la semana pasada, no tengo ninguna excusa, simplemente no vine. Cuando te dicen que no te bañas en el mismo río dos veces, a lo mejor se referían a distintos años. Esta habitación ya no es igual, pero yo soy la misma.

El edredón, desecho en la cama, se desplaza y deja aparecer una cara:

—¡Hola! ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —dice.

—Sé que no vas a estar de acuerdo con lo que voy a decir…

El hombre que está en la cama se incorpora y muestra su torso:

—¡No! Ya me sé el rollo: «no eres tú soy yo». Pues corto yo antes, lo dejo, me voy. ¡Ja! ¿Qué me dices a eso?

Ella cambia el peso de una pierna a otra, se rasca el antebrazo y dice: 



—No, perdona, no me has dejado terminar, en este caso, eres tú. Y sí, te dejo, pero porque te entiendo. Me había aferrado a una idea de ti que está en peligro. No puedo seguir conteniéndote en un tarro en mi cabeza. Sé que tienes derecho a cambiar, pero yo no me enamoré de lo que está por venir, me enamoré de la nada de antes. Cuando me enamoré de ti, no tenía ni que pensar si lo estaba o no.

—¡Ey! Calma, podemos evolucionar, tal vez, juntos. Ya sé que parece el final de la una película Disney, pero…

—No quiero evolucionar, no me gustan tus ‘ey’, no quiero querer a un nuevo tú, para mí ese tú, ya no eres tú. Son tres tús distintos. Siempre querré a esa versión congelada de ti.

Se acerca, se sienta en la cama y coloca una mano sobre el pelo de él. Se oye la sirena de una ambulancia lejana, tal vez con alguien prorrumpiendo sus últimas bocanadas de aire:

—Ok, lo capto —dice él tristemente fijándose en una mancha sobre la camiseta de ella.

—¿Así sin más?

—Sí, lo acepto. No creo que nos merezcamos una discusión, somos más que eso.

—Vale, pero ya no uses la primera persona del plural, esto se ha terminado —dice ella mientras se levanta, mete sus piernas en unos pantalones y los sube hacia la cintura.

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