Sigo sin entenderme con nadie

—Tampoco se ponga así, giraremos un par de calles y daremos la vuelta —dijo el taxista. 

Las mangas blancas y almidonadas de mi camisa asomaban apenas un centímetro por debajo del traje, estaban tan limpias como el agua de la piscina de la casa que teníamos en el campo. Los días de verano, nos bañábamos mientras esperábamos la comida. Padre llegaba y dejaba el maletín en la entrada.

—¿Os entran unas truchas a la brasa? —decía a nadie en particular.

Por aquella época yo estaba obsesionado con los dragones. Con el calor de julio, a veces imaginaba que podía echar fuego por la boca y que luego podía apagarlo lanzándome al agua. Padre nos hacía creer que los peces se pescaban en la piscina antes de que se hiciera de día ya que luego permanecían escondidos.
—Es igual, no importa, déjeme en el semáforo. —dije.

No recuerdo un agua más límpida que aquella piscina o unos cristales más transparentes que los ventanales de la casa de campo. Padre se arremangaba la camisa, también impecable y se ponía con las brasas. El agua estaba fría, yo echaba fuego por la boca y nadie me entendía y puedo explicar el porqué, fantasías de un niño, supongo. 

El taxista puso el intermitente y paró en el semáforo. Alargué el brazo, abrasado por el calor de julio y extendí un billete mientras echaba un vistazo al edificio que había frente a mí.
—Que tenga un buen día, no se preocupe.

El caso es que ahora ya no soy un dragón, pero sigo sin entenderme con nadie.

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