Lo que te contaba

Suena el chirrido de los carriles del metro, levanto la cabeza y vuelvo la mirada al libro que tengo entre las manos, el que estoy leyendo, el que me trae obsesionado desde hace algunos días, cuando he empezado a engancharme y siento que está directamente escrito para mí, relacionado conmigo. No es que me parezca bueno —no tengo ni la más remota idea de cuan bueno o malo me parece cualquier libro, no soy como esos que se llenan la boca con 'obra maestra' de todo lo que les gusta, que se suben al púlpito a separar el trigo de la paja—, es que cada una de esas frases caracoleantes van dirigidas a mí, cada una de esas frases es un avión con destino a un aeropuerto con mi nombre, el que me pusieron mis padres cuando nací. La gente se mueve, es una de esas paradas con intercambiador y los pasajeros son extras de una película de guerra buscando a sus hijos, su pasaporte, su maleta extraviada bajo un maremoto de personas corriendo en todas las direcciones, buscando el sentido de la vida. Pero de reojo observo que hay alguien que está quieto como yo, alguien inmune a los comportamientos cinematográficos en intercambiadores, alguien que está inclinado también. También parece igual de absorto como quien mira su teléfono con ese aspecto psicodélico de drogadicción que muchas veces, silenciosamente, está pidiendo ayuda para un programa de desintoxicación, para tener un padrino, un decálogo y una cita semanal con un grupo. Pero este personaje mira un libro muy parecido al mío. Levanto la cabeza de nuevo, ahora no me llama ningún sonido aéreo, y paso a mira lo que está leyendo directamente. La portada de su ejemplar, está celosamente protegida de las miradas indiscretas, está contra la pernera de sus vaqueros. Él levanta la cabeza también y me ve a mí, un ser casi volcado sobre su libro y por un momento parece que me lo va a ofrecer, como quien comparte unos Doritos o una calada de un cigarro en el descanso de un examen final. Pero entonces, le ocurre lo mismo, mira el ejemplar que estoy leyendo, extraño, difícil de conseguir, pero el mismo. Y ya entonces nos miramos y comprendemos que leemos la misma historia, la que me tiene atacado desde hace unas semanas, la que me impide dormir sin antes haberle dado vueltas y vueltas a los pormenores y consecuencias de las frases caracoleantes que te contaba.

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